jueves, 5 de julio de 2012

Capítulo 27

Estábamos en el avión y tan solo faltaba media hora para aterrizar. Mis amigas estaban detrás hablando de si los chicos serían igual en Chicago que en Newport.
Me alegraba tener a Leo a mi lado, lo miré, me acerqué a él y le besé.
¡Cuánta suerte tenía! Millones de mujeres de más de 30 años buscando al amor de su vida y yo con tan sólo 18 años ya lo había encontrado.
Empecé a ver aquella gran ciudad a la que habíamos decidido mudarnos.
-Ya llegamos.-murmuró Leo.
Tras esperar un rato, oí la señal que avisaba a los pasajeros para que se abrocharan el cinturón.
Bajamos del avión, eran las 2 del mediodía, habíamos comprado comida en el vuelo y simplemente nos dirigimos a nuestra nueva casa donde nos esperaba el anterior dueño para darnos las llaves y acabar de firmar el contrato.
-Buenos días.-dijimos todos.
-Buenos días, aquí tenéis las llaves del portal, del piso, del garaje y del tejado.
-Muchas gracias.-dijo Camila mientras le cogía las llaves de la mano.
El piso era un dúplex de dos plantas con terraza y piscina, en el centro de Chicago, cerca de un parque.
El dúplex estaba en los dos últimos pisos, era el número 7, y era el edificio 7, mi número de la suerte.
En la primera planta estaban las zonas, llamémoslas comunes, la cocina, el baño principal, la sala de estar y una habitación que utilizaríamos como estudio de pintura de Leo.
Todas las habitaciones eran enormes, había muy pocos muebles, un sofá, una televisión, una estantería vacía, una nevera y un congelador, una bañera, un váter… y demás muebles básicos. Pese a ser muy iluminoso y bonito era muy soso, quedaba el toque personal que cada persona ponía en su piso.
-¿El camión traerá tus cuadros?-pregunté.
-Sí, todos, los más bonitos, si os parece bien, los colgaré.-dijo él.
-Sí, ahora hay que ir a comprar algo de comida.-dijo Camila.
-Voy yo.-dijo Leo.
-Yo tengo que ir en función de mujer, porque a saber que champús compra.-dijo Violeta.
-Antes de que os vayáis tenemos que elegir habitación.-dije señalando la planta superior.
-¿Cuántas habitaciones hay arriba?-preguntó María.
-Creo que 5, pero hay una un que puede ser la de invitados.-dije yo.- Leo y yo dormiremos en la más grande.
-Está bien.-dijo Camila, subimos a la planta de arriba, donde había unas cómodas pero sosas camas, con unas sabanas blancas.
-Creo que tendremos que decorarlas un poco.-dijo Camila mirando con repugnancia la habitación que había escogido.
-Sí, será lo mejor.-dijo Violeta.- Mientras vamos a comprar lo mejor es que empecéis a guardar la ropa.
-Sí.-dijimos todas y Violeta y Leo desaparecieron escaleras abajo.
-He roto con Dino, no se viene a Chicago y no me gustan las relaciones a distancia.-dijo María.
-Es una pena, hacíais buena pareja.-dijo yo.
-Sabéis, chicas, me he propuesto enamorarme.-dijo Camila.
-Eso no va a funcionar.-dijo María.- Esas cosas pasan solas, no puedes controlarlas.
-Conoceré chicos, saldré todas las noches, alguien especial habrá.-dijo ella.
-Pues yo te acompaño, no puedo perder nada.-dijo María sonriendo.
-Tienes mucha suerte.-me dijo Camila, que parecía que por primera vez en su vida hablaba en serio.- Como me gustaría saber, que cada mañana hay alguien deseando besarme, pensando en mí… Tienes mucha suerte.
-Completamente de acuerdo con Camila.-dijo María.
-Algún día encontraréis a alguien, que esté hecho para vosotras, alguien con el que no puedas imaginarte la vida sin él. Lo encontraréis.
-Eso espero.-suspiró Camila.
-Bueno, empecemos a sacar la ropa de la maleta, ¿a qué hora llega el camión?-dije yo.
-Creo que a las ocho. Y tendremos que subir todos los muebles.-dijo Camila.
-No, han contratado una grúa.-dijo María.
-Menos mal, porque en el ascensor no caben.

Llegaron Leo y Violeta, más tarde el camión y poco a poco la casa iba pareciendo más nuestra. Leo había colocado sus cuadros favoritos y el que me hizo a mí, en nuestra habitación.
Me asomé al balcón, Chicago no parecía ni de lejos una ciudad aburrida, al contrario, parecía que miles de aventuras te esperaban allí abajo, y no sabía cuanta razón tenía.

-¿Qué hay de comer?-interrumpió mis pensamientos María.
-No lo sé, pregúntaselo a Violeta o a Leo.
-Hay raviolis, en honor a que nuestra querida Amelia se ha enamorado de un italiano.-dijo Camila detrás de nosotras.
-¿Saldréis esta noche?-pregunté mirando a María y a Camila.
-¿Estás loca? ¿Para quedarnos dormidas a la 1 de la madrugada? No, Camila y María lo hacen todo a lo grande, o noche en vela o no hay fiesta.-dijo Camila, exaltada.
Me senté en el sofá con ellas y entonces apareció Leo, que nos llamaba a comer.
-Este es un momento importante para Leo.-dijo Camila mientras se sentaba a la mesa.
-¿Por?-dijimos todos.
-Porque si están malos,-dijo señalando los raviolis.- Habrá defraudado a toda Italia como cocinero.¿Algo que añadir Leo?
-Sí, ¡Buen provecho!-dijo Leo y nos comimos aquellos deliciosos raviolis.

Al día siguiente teníamos que ir a la universidad a entregar algunos papeles y a confirmar el ingreso en la importante universidad DePaul.
-Yo te acompaño si quieres.-me dijo Violeta.
-Sí, así no serán tan aburridos esos 30 minutos en autobús.-dije yo.
-A lo mejor nos pasa algo emocionante.-dijo ella.
-Violeta, sólo vamos a la universidad a entregar unos papeles, no a la NASA a investigar el origen de Marte.
-Gracias por lo ánimos.-dijo ella.
-Creo que es mejor que nos vayamos a dormir, vosotros tenéis que ir al centro comercial a comprar sábanas decentes y una mosquitera.-dije yo.
-Buenas noches.-dijeron todas a coro y nos fuimos metiendo en nuestras respectivas habitaciones. Leo se acercó a mí, me cogió de la cintura y me dio un beso en los labios.
-Hay algo que no sé de ti.-le dije.
-¿El qué?
-Tú apellido.
-Es italiano, osea que te dará gracia.
-No me reiré, yo te diré el mío.
-¿A la vez?-dijo él.
-Está bien.
-Leo Bianchi.-dice él, que lo pronunciaba Bianqui.
-Amelia Darío.-digo yo.
-¿Darío como el poeta?-dice él.
-¿Bianchi como el entrenador?-dije yo.
-Sí.-dijimos a la vez.
-Me gusta tu apellido.-dije.
-Y a mí el tuyo.-me dijo.
-Ahora ya lo sé todo sobre ti.-dije, me tumbé en la cama y dí unas palmaditas en la cama para que se tumbara conmigo. Leo se tumbó junto a mí y me dijo mirándome muy flojito algo que nunca se había atrevido a decirme, algo que aunque últimamente se dice mucho, nunca es con ese sentimiento, con ese amor y mucho más que recorre tus venas cuando te lo dicen, esa sonrisa nerviosa que surge.
-Te amo.-me susurra, y no hace falta que lo diga más alto porque yo, sonriente le beso y los besos continúan hasta que la ropa se hace invisible y poco a poco hacemos el amor. Algo infinito, valioso y sobre todo mágico y romántico.

La luz que se filtra por la cortina de la ventana me despierta, ya no tengo sueño, me levanto y busco un beso de Leo que no llega, porque no está, ya se ha despertado, la puerta esta entreabierta. Me levanto, quiero un beso de buenos días, ese beso que solo consigues si vives con tu novio.
Voy dando tumbos por la casa hasta llegar al baño, me cepillo los dientes, me ducho y vuelvo a mi habitación a vestirse.
Cuando llego a la cocina, lo veo levantado, sin camiseta untando mantequilla en una tostada y esperando a que la cafetera haga el café.
Sigilosamente, me acerco y le tapo los ojos.
-¿Quién soy?-le pregunto.
-¿Mi princesa?
-Puede ser, ¿quién es tu princesa?-digo con una sonrisa.
-Amelia, Amelia Darío.- suavemente quito las manos y le doy un beso.
-¿Cómo lo has sabido?-le pregunto.
-Por tus manos, son suaves y delicadas.
-Como las de cualquier chica.
-No, no como las de cualquiera.
Desayunamos juntos hasta que al fin las Elegidas se levantan.
-¿Os habéis quedado pegadas a las sábanas o algo por el estilo?-digo yo.
-Con este calor, sería posible.-dice María mientras se abanica con las manos.
-Violeta, vístete rápido, que tenemos que ir a la universidad, antes de que se haga tarde.-le digo.
-Desayuno un poco y me visto.-dice mientras coge una de mis tostadas y se va cantando “We found love” de Rihanna.
-Acordaos de comprar las sábanas y la mosquitera.-digo yo.
-Sí, también vamos a comprar unas hamacas para la terraza.
-Seguro que quedan genial.-digo, oigo a Violeta bajando las escaleras y le doy un beso a Leo.
-Adiós, nos vemos luego.
Violeta y yo nos vamos hacia la universidad sin problemas, llegamos y entregamos los papeles.
-Muy bien, las clases empiezan en septiembre, hasta luego.-dice la secretaria.
-Adiós, encantadas.
Violeta y yo nos dirigimos al autobús y cuando yo subo el escalón, resbalo por culpa de mis sandalias de cuero y caigo al suelo con brusquedad.
Un chico, posiblemente universitario, me levanta del suelo y me mira.
Tiene el pelo castaño, los ojos de color verde y una mirada dulce y preocupada.
-¿Estás bien?-dice con un hilo de voz, producido por la vergüenza.
-Mentiría si dijera que sí.-digo tocándome el culo, me duele.
El chico me ayuda a sentarme en uno de los muchos sitios libres del autobús.
-¿Cómo te llamas?-le pregunté con una sonrisa.
-Nicolas, encantado.-me respondió con una tímida sonrisa, me caía bien, llevaba una bufanda y unas gafas de pasta, pero tras esas gafas se veía a un chico guapísimo. ¡Qué pena que fuera gay! O al menos lo parecía…
-¿Quieres venir con Violeta y conmigo a tomar algo?-le dije.
-No sé, no quiero molestar.-dijo poniéndose rojo.
-Te acabamos de invitar, no molestas.-le dice Violeta, sonriéndole.
-Está bien, ¿A dónde?
-Pues, la verdad es que no somos de aquí.
-Yo tampoco.-murmura.
-¿De dónde eres?
-De un pequeño pueblo de Oklahoma, Stratford.
-Ah, nosotras venimos de Newport, en la costa norte.
-Debe ser muy bonito.
-No, es el típico pueblo aburrido estadounidense, nada del otro mundo.
-Pues, igual que el mío.
-¿Bajamos aquí?-dice Violeta indicando el centro de la ciudad.
-Sí, parece que hay un par de bares.-dije yo.
Bajamos en esa parada y nos sentamos en un bar, con un cierto parecido al “River”.
Pedimos 3 cervezas y empezamos a hablar. Nicolas era cada vez más agradable y más sociable.
-¿Podremos quedar otro día?-dije yo mientras me levantaba de la mesa.
-Cuando queráis, yo estoy muy solo en Chicago.
-Tranquilo, que tenemos unas amigas que no te dejaran tranquilo.
-¿Cuántos habéis venido?-pregunta.
-Pues, nosotras dos, 2 amigas más y- cuando dice eso ve como la mirada de Nicolas se vuelve más triste, pero no le da importancia.- Y el novio de Amelia.
-Estáis muy bien acompañadas.-dice Nicolas.
-Sí, un día te las presentamos.-dice Violeta.
-¿Nos das tu número para llamarte?-digo yo.
-Sí.-y empezó a dictar su número.
-¡Hasta pronto, Nicolas!-gritamos Violeta y yo desde la otra acera mientras movemos la mano.

Lo que no saben, es que ese chico del que se acaban de despedir, se acaba de enamorar y no cree que lo que ha sentido sea algo pasajero. Nicolas, Nicolas Williams, excelente alumno y mejor persona, muy querido en su pequeño pueblo, se ha enamorado.

Capítulo 28 aquí.

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