jueves, 6 de septiembre de 2012

Capítulo 43

Escribía rápidamente todo lo que decía el profesor de Historia Moderna, hablaba rápido y sin rodeos, era difícil seguirle y solía acabar destrozada después de sus clases. Hizo una pausa que me resultó gratificante.
2 semanas, 2 semanas desde que lo había estropeado todo eligiendo al chico equivocado. Lo increíble es que lo había superado, había intentado seguir las clases, aunque solía acudir solo a la mitad y estos últimos 4 días había conseguido acudir a todas y cuando acabara aquella clase habría conseguido ir durante toda una semana.
Me sentí contenta, esa era la prueba definitiva de que lo había superado. Había conseguido pasar horas sin pensar en ello, horas sin llorar.
Al fin acabó la clase. Recogí mis cosas rápidamente y salí la primera de clase.
Entré en el comedor y pedí un bocadillo en el bar mientras esperaba a que llegaran los demás.
María llegó la primera, la saludé pero no me vio, estuvo unos minutos buscándonos y se sentó con las llamadas “Pegote Rubio”. Eso me sentó mal, ¿acaso había cambiado su grupo de amistades?
Desvié la mirada de ella y me fijé en que un chico me miraba atentamente, como si intentara adivinar que iba a hacer en ese momento. Hice caso omiso a su mirada y pedí una Coca Cola, pagué y me senté en una mesa.

Enseguida vinieron las demás y empezamos a comer. Volví a mirar en dirección al chico que me observaba antes y me di cuenta de que era aquel chico que un día había estado escuchando mi conversación con Leo y Liam, aquel que fumaba. Entonces alzó la vista y me miró, mi corazón dio un vuelco. Me miraba fijamente, a los ojos, parecía que me miraba los ojos más que a mí. Yo me fijé en los suyos, eran marrones, de un color miel y con algún recuerdo verde.

No era más guapo que Leo ni Liam, incluso era bastante corriente. Algo me decía que tenía una vida complicada y una personalidad idéntica. No se parecía a nadie, no me recordaba a nadie, no podía compararlo. Sonaba cursi, pero era único, ni para bien ni para mal. De pómulos marcados, ojos más bien rasgados, labios gruesos, piel tirando a pálida y un pelo castaño casi ondulado, no muy largo.
Parecía alto y robusto, fuerte. Me lo imaginaba sin camiseta, con unos músculos marcados, ¿qué puñetas estaba haciendo? Sin darme cuenta me había pasado 10 minutos observándolo. Él sacó una libreta de su maleta y empezó a escribir algo en ella, no giré la cara y intenté meterme en la conversación.

-Violeta, mañana es tu cumpleaños, ¿Qué quieres que te regalemos?-preguntó Camila.

-Una sorpresa, tiene que ser una sorpresa.- Eso era lo que decía todos los años, pero aún así Camila siempre le preguntaba lo que quería.
-Dices lo mismo todos los años.-dije yo.
-Yo ya he pensado en tu regalo.-dijo Nico, con una sonrisa mirando a Violeta.
-No me lo digas.-dijo ella.
-Ya lo sé, tiene que ser una sorpresa.-dijo él repitiendo su voz en tono de burla. Violeta se rió.- Por cierto, vosotras podéis ayudarme con el regalo si no se os ocurre ninguno.
-Me acabas de quitar un peso de encima.-dijo Camila.
Me reí de lo que había dicho Camila.
-¿Es un buen regalo, no?-pregunté.
-Si no fuera un buen regalos no se lo regalaría a Violeta.
-¿Estás diciendo que a mí si que me regalarías un mal regalo?-dijo con una voz falsamente afligida.
-No, no…-dijo él preocupado. Camila soltó una carcajada.
-Nunca cambies Nico, nunca cambies… Eres el único que cae en todas y cada una de mis bromas.-estaba tan cerca de él que casi parecía que le iba a besar, se apartó de golpe, se echó el pelo hacia tras y echó una ojeada a la cafetería, localizó a su objetivo y le sonrió. Un chico rubio, de ojos verdes y muy guapo. Como todos sus novios.

Salimos de allí y Nico se paró súbitamente.
-He olvidado algo, tengo que volver a la clase de…-dijo Nico.
-¿No sabes la clase?-preguntó Violeta.
-No, pero solo he estado en 3, ¿alguien me acompaña?-dijo mirándonos.
-Yo voy.-dijeron Camila y Violeta a la vez.
-Vale, tú vas a la 25 y tú a la 32.-dijo Nicolas mientras caminaba hacia la entrada con Camila y Violeta. María había desaparecido, así que me quedé sola ensimismada en mis pensamientos cuando de repente volví a ver a aquel chico, al fumador. Me estaba mirando a los ojos, exactamente igual que en el comedor.

Unos 5 minutos después se acercaba a mí, despacio pero sin pararse, decidido y mirándome fijamente. Yo debía estar roja, tenía mucho calor y sentía que mi reacción era muy exagerada, pero no podía evitarlo.
Ya estaba muy cerca de mí, tan cerca que por un momento pensé que iba a besarme, como Camila y Nico, pero él movió la cabeza y se dirigió a mi oreja para susurrarme algo. Me pareció romántico.
-Tienes la cremallera abierta.-dijo él, en tono meloso, como si me hubiera dicho “Te quiero”.- Nadie es perfecto.

Entonces se fue, más rápido que cuando se dirigía a mí pero sin dejar de lado su forma de ser tranquila y un tanto pasota.

Horas después Nicolas nos comentó a Camila, Charlotte, María y a mí su idea para el cumpleaños de Violeta.
Todas aportamos el dinero y esperamos con entusiasmo que llegara el cumpleaños.
El cumpleaños llegó, como todo, y Nico le dio en nombre de todas el regalo a Violeta.
Violeta abrió la puerta de la jaula que Nico le había dado y soltó un chillido de emoción al ver que de aquella jaula ,a paso lento y desconfiado, salía un pequeño cachorrito fox terrier.
-Me encanta, chicos. Es monísimo.
-Monísima, es monísima.-la corrigió María.
-Y aún faltan los complementos.-dijo Charlotte, tendiéndole una bolsa de plástico.
Violeta sacó un comedero, un saco de pienso y una pelota.
-Cortesía del vendedor.-dije yo contenta.
-¿Cómo la llamarás?-preguntó Camila animada.
Hubo un gran silencio.
-Lidia.-dijo ella muy seria.
-¿Estás segura de que quieres llamarla Lidia?-pregunté yo mordiéndome el labio.
-Sí, porque así volveremos a estar completas, ahora Lidia es un perro, pero podemos decir que se reencarnó, otra vez volveremos a ser las Elegidas.-dijo ella contenta.
-Es su perra, así que si tiene que ser Lidia será Lidia.-dijo Camila solemne.

Todas y todos empezamos a jugar con Lidia, que era una perrita muy inteligente, tanto como Lidia.

Pasaron semanas y todos empezamos a cogerle cariño a Lidia, se me hacía raro llamarla así, pero poco a poco me iba acostumbrando. Camila solía ir algunos días a casa de Leo, su nueva a casa a consolarle, según decía empezaba a recuperarse. Ella y Leo se convertían en amigos y María pasaba las tardes fuera, nadie sabía donde, pero suponíamos que con el pegote rubio, suponíamos. Aquella tarde no era diferente.
-¿Y si vamos a la pradera Midewin? Seguro que a Lidia le encanta.-dijo Violeta un sábado por la tarde.
-Vemos el atardecer.-dijo Nico dándole un beso a Violeta. Ella sonrió, feliz.
-No, creo que las praderas de Springbrook serán más bonitas.-dije recordando algunas fotos que vi.
-¿Tú crees?-preguntó Camila.
-Sí, estoy segura.-No lo estaba, pero quería ir a Springbrook y punto.

-Pues vamos a las praderas de Springbrook.-dijo Charlotte.
-Confiamos en tu buen juicio.-dijo Camila cogiendo su bolso y mirándose al espejo mientras comprobaba que su pelo negro estaba perfectamente peinado.
Yo cogí las llaves del coche y mi bolso. El resto también empezó a prepararse, y tras una hora de viaje llegamos a las praderas.

Estuvimos caminando junto a Lidia, que era la que nos dirigía, iba siempre la primera y le encantaba corretear por los grandes y verdes prados en busca de alguna alimaña que llevarse a la boca.
Era ágil y juguetona, le tirábamos palos y aunque iba a buscarlos nunca los devolvía, en vez de eso nos miraba desafiantes para que se lo quitásemos. Llegamos a la orilla del río y nos sentamos a descansar, podríamos habernos bañado, la temperatura era buena y hacía un día precioso, pero a nadie se le había ocurrido traer bañador.
-A Brandon y a mí no nos va bien.-dijo Charlotte. Todos ahogamos un “Bien” y intentamos contener una sonrisa.
-¿Y eso?-preguntó Violeta.
-Creo que me hace los cuernos, normalmente venía todas las mañanas, mientras vosotros estabais en la universidad y charlábamos, compartíamos momentos de intimidad, nos lo pasábamos bien.-dijo ella.
-¿Pero?-dije yo esperando una continuación.
-Hace unos días que no viene, unos 4 o 5 diría, no me envía mensajes, ni me llama, está desaparecido.-dijo ella triste.
-Ey, no te preocupes, todos sabemos como es. Seguro que mañana te llama y hace como si no pasase nada.-dijo Camila, en un tono muy extraño en ella.
-No intentéis consolarme, quiero que me deis vuestra opinión con sinceridad.-dijo ella en un susurro y con la voz entrecortada, como si estuviese aguantando las ganas de llorar.
-No lo hagas.-dije yo.
-¿Qué no haga el que?-preguntó ella mirándome extrañada.
-No las aguantes, es peor, es mejor desahogarte, llora. No intentes ser fuerte, si crees que tienes motivos para llorar, llora.-dije yo.
Ella se echó a llorar.
-Sé que resulta raro, pero a veces llorar consuela.-dije yo, abrazándola.
-No quería estropear la tarde echándome a llorar.-dijo ella.
-Charlotte, no sabes si Brandon te pone los cuernos. No malgastes tiempo pensando en ello, llámalo y háblalo con él, así no vas a solucionar nada.-dijo Violeta frotándole el hombro para darle ánimo.
-No me atrevo, no me atrevo a preguntárselo. Vosotros le conocéis y sabéis que es posible que rompa conmigo por dudar de él.
-Haz lo que tú pienses que debes hacer, pero que sepas que el destino tiene un plan para nosotros, un plan para todos. El destino sabe lo que pasará, fíjate en Amelia, el destino no quiere que salga con Liam y Leo, y eso es por alguna razón. Lo que tú hagas será por algo, guíate por tus instintos, por lo que diga tu corazón.-dijo Nicolas.
-Bien dicho, Nico.-le dije sonriéndole.
-¿Dónde está Lidia?-preguntó Violeta sobresaltada.
-No lo sé, estará por ahí ligando con algún ricachón, no entiendo este- pare de hablar rápidamente, no se refería a Lidia pelirroja, se refería a la perra.
-Oh, dios mío.-dijo Camila.
Todos empezamos a buscar y enseguida vi que algo se movía en medio del río. Era Lidia.
-Tírate. Amelia, yo no puedo.-dijo Violeta mirándome.
Me quité la camiseta y el pantalón, los zapatos y los pendientes y corrí a tirarme.
El agua estaba fría, tocaba el suelo pero había mucha corriente. Nadaba hacia Lidia angustiada y al fin la cogí. Lidia no estaba asustada, estaba contenta nadando. Entonces me di cuenta de que tenía que salir de allí, estaba nerviosa ¿cómo saldría? Ya era tarde, casi de noche y no había prácticamente nadie por allí. Noté que algo me cogía, era una mano, fuerte y segura, mojada. Tiró de mí y logró sacarme.
-Gracias, muchas gracias. Le debo una, es usted muy amable.-dije dispuesta a seguir hablando. Estaba tumbada en la tierra y manchada seguramente, Lidia se sacudió cerca de mí y miré a mi salvador, cosa que no había hecho. Me levanté y con una repentina vergüenza bajé la mirada. Era el chico fumador.
-De nada, tienes que fijarte mejor en las zonas para bañistas.-dijo él con una sonrisa torcida.
Me fijé en que iba en ropa interior, quizá a Liam y a Leo les hubiera llamado la atención, pero él no se fijó, me miraba a la cara muy fijamente. Cerca había un libro tirado en el suelo.
-No, fue Lidia, ella se tiró y yo fui a…-no quería decir salvarla, sonaba exagerado.
-Salvarla. Por cierto, tendrás que comprarme un libro, no me gustan los poemas de Neruda llenos de barro.-dijo serio.
-Claro, dime cuanto es y te lo pago.
-Prefiero que me lo compres tú, te dejaré elegir.-dijo él con otra vez esa sonrisa torcida tan típica de él.
Entonces pareció fijarse en que iba en ropa interior.
-Toma, te irá bien, no me gustan las chicas exhibicionistas.
-Te repito que fue un accidente. No sabía ni que estabas aquí.-dije yo enfadada.
Me dio la toalla y acarició a Lidia. Estaba en bañador, uno ajustado y rojo.
-Será mejor que me vaya a buscar a mis amigos.-dije yo.
-No creo que los encuentres, esto no es muy grande, pero si lo suficiente para perderse.-dijo él serio.

Los dos nos quedamos en silencio, esperaba que me dejara su móvil, pero estaba claro que tendría que pedírselo.
-¿Me dejas tú móvil?-dije yo casi susurrando.
-Sí, toma.-dijo él como si no supiera para qué lo necesitaba.
Llamé a Camila y enseguida respondió.
-¿Amelia?
-Sí, soy yo. ¿Quedamos al principio del camino?-dije.
-¿Sabrás llegar?-dijo ella dudosa.
-Sí, o al menos lo intentaré.-dije bajando la voz.
Le di el teléfono a aquel chico y me di cuenta de que no llevaba ropa. No le pediría la camiseta, no caería tan bajo.
Cogí en brazos a Lidia y me marché por el camino.
Me pasé una media hora caminando y me di cuenta de que me había perdido. ¿Y ahora que hacía? Normalmente no era orgullosa, no me importaba pedir las cosas. Pero con él era diferente.
Una voz surgió detrás de mí.
-¿Necesitas ayuda?-me preguntó la inconfundible voz del fumador.
-¿Cómo te llamas?-dije de repente, tenía que resolver dudas.
-¿Por?-preguntó él con su sonrisa torcida.
-Pues, por saber, me has salvado la vida y eso. Puede que te resulte raro, pero no pasa todos los días.-dije yo irónica.
-No quiero decírtelo.-dijo él cambiando su sonrisa torcida por una pícara. Eso me sorprendió.
-¿Por qué no?-pregunté yo con otra sonrisa pícara.
-No sé.-dijo él agachando los hombros.- Así es más divertido.
-Entonces elegiré yo tu nombre.- él se rió sonoramente.- Tu nombre será Gaylord.
-¿Me estás vacilando? Es el nombre más feo que escuchado nunca.-dijo él enfadado.
-¿Querías llamarte Orlando, o Johnny? Pues no, serás Gaylord.-dije soltando una carcajada.
-Ya hemos llegado.-dijo él señalando un grupito de chicas y un chico, Nico.
-Adiós, Gaylord.-dije yo despidiéndome con la mano.
Él dijo algo en voz baja, malo seguramente. Y se fue por su camino.

Capítulo 44 aquí.

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