viernes, 7 de septiembre de 2012

Capítulo 44

Estaba sentada en la escalera con un libro de Rubén Darío en mis manos. Aquel libro había sido mío cuando leía poesía. Una nube de humo me envolvió y una voz a mi lado me sobresaltó.
-Me gusta Rubén Darío.-dijo alguien al que yo había puesto de nombre Gaylord.
Oí a alguien gritar “Leo, cariño te he echado de menos”, y la voz de alguien que no era Leo responder pero aún así me entristecí, y una tímida lágrima salió de mis ojos, rápidamente me la seque y intenté disimular con una tímida sonrisa.
Él me cogió el libro de las manos, empezó a hojearlo y cuando encontró lo que buscaba lo cerró y empezó a recitar.

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.


¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

-«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

Se había saltado trozos, pero los versos que había leído describían exactamente como me sentía. Estaba a punto de llorar, me acerqué a él y le di un abrazo. Me di cuenta de que todo el mundo que había por allí se había parado a mirarnos y me sentí muy observada. Él no me devolvió el abrazo, simplemente se quedó parado allí mientras yo le abrazaba.
-¿Cómo lo sabes?-le pregunté, cuando ya había dejado de abrazarle.
-Se te ve en los ojos.-dijo él sin mucho entusiasmo, mientras se fumaba el cigarro.
-Gaylord, ¿algún día me dirás tu nombre?-le pregunté.
Él no me respondió y se quedó en silencio, algo a lo que me estaba empezando a acostumbrar en él. Entonces como si se le hubiera ocurrido algo, rápidamente sacó un libro y me lo enseñó. En letras grandes y mayúsculas rezaba “ROMEO Y JULIETA” y un poco más arriba en letra cursiva “William Shakespeare”.
-Toma, piénsatelo.-dijo él dándome el libro. Cerró su mochila y se fue.

Aquel día no había querido ir al comedor para entregarle el libro a Gaylord, tenía la sensación de que empezaba a gustarme, pero estaba muy claro que Gaylord estaba lejos de sentir lo mismo. En unos minutos aparecieron todos de vuelta, les saludé y subimos al coche. Violeta y Nicolas se susurraban cosas bonitas y se reían mientras Camila y María miraban el paisaje distraídas.
-María, ¿te puedo hacer una pregunta?-le pregunté.
-Claro.-dijo ella con una sonrisa.
-¿A dónde vas todas las tardes?-dije seria. Nicolas y Violeta se callaron y miraron atentos a María, Camila dejó de mirar el paisaje y también miró a María.
-Verás, he conocido a unas chicas muy simpáticas y bueno, solemos quedar como hacen las amigas.-dijo ella nerviosa.
-Pues con nosotros no sueles quedar, ¿es que ya no eres nuestra amiga?-preguntó Camila enfadada.
-No, no, para nada, pero quiero conocer a gente nueva y Chicago está lleno de gente, me gusta salir de fiesta, quedar con chicos y esas cosas.
-Pues que te quede claro, que quedarse en casa viendo “Buscando a Nemo” es una de las cosas más divertidas del mundo.-dije yo sarcástica.
-¿No lo ves, Amelia? Vosotras sois amigas mías, y os quiero mucho pero no salís de fiesta, so comportáis como cincuentonas. Violeta sale con Nicolas y no sale de fiesta, Camila está pillada por-Camila le tapó al boca y sonrió.- Y tú acabas de salir de una ruptura, ¿con quien voy a salir de fiesta, con Lidia?
María tenía razón, estábamos envejeciendo, pero algo me había resultado raro en su conversación ¿quién le gustaba a Camila?
-¿Me entendéis?-preguntó ella con una sonrisa triste.
-Sí, ahora sí, pero podrías haberlo dicho. ¿Qué te parece si esta noche salimos las 3?-pregunté yo.
-Por mí genial, será como en los viejos tiempos.-dijo Camila.
-¿Yo no puedo ir?-dijo Violeta.
-No, solo solteras, tu quédate con Nicolas sola en casa.-dije yo, los dos se enrojecieron.
-Sois tal para cuál.-dijo Camila.- Podéis hacer el amor ¿y qué?
Los dos disimularon.
-Buf, sois imposibles.-dijo Camila cruzando los brazos.
Bajamos del coche, subimos en ascensor y finalmente llegamos a nuestro piso.
Charlotte lloraba en el sofá, un montón de papel arrugado estaba por encima del sofá.
-Brandon me ha dejado.-aclaró ella. Nicolas simplemente susurró “El destino” y se fue a la cocina.
Todas nos acercamos a ella y la abrazamos.
-¿Qué pasó?-preguntó María.
-Pues nada, hoy vino y me besó como si no pasará nada y yo le pregunté que por que no había venido los últimos días y se enfadó, se enfadó mucho. Olía a alcohol, a tabaco y quizás a droga.-dijo ella llorando.
-¿Por qué se enfadó ese imbécil, si se puede saber?-dije yo enfadada
-Por lo que yo suponía, porque no confiaba en él, que él si confiaba en mí y yo vivía con una panda de retrasados mentales y…-se sonó con uno de los papeles que no estaban usados. Y siguió hablando.- Y entonces dijo que esta relación no llegaba a ningún sitio y que cortaba.
-Todas sabemos que es un imbécil.-dijo Camila apartándole el pelo a Charlotte. Me la imaginé tan cerca de Leo acariciándole el pelo y diciendo “Amelia es imbécil” o algo por el estilo.
-Toma, Charlotte, helado y chocolate.-dijo Nicolas tendiéndole una tarrina de helado y una barra de chocolate.
-Gracias, Nicolas. Eres genial, ojala tuviera un novio como tú.-dijo Charlotte sonriendo y con alguna lágrima recorriendo su rostro.
-Oye, no sabía que había chocolate en la despensa.-dije yo sorprendida.
-Lo compré ayer, tengo contactos trabajando en el destino.-dijo él sonriendo.
-Vamos, que ya sabías que esto iba a pasar.-dijo Camila aclarando la metáfora de Nicolas.
-¿Te vienes de fiesta hoy?-preguntó María.
-No sé, no estoy para fiestas.
-Puede que te venga bien.-dije yo.
-Puede que dentro de unas semanas, pero ahora no.-dijo ella.
-Pues nada, no te presionamos.-dijo Camila.

Horas después nos preparábamos para ir de fiesta.
Yo escogí un vestido ajustado rojo y muy sensual, la melena suelta y los labios pintados de rojo pasión, un poco de base, colorete, rimel y lápiz.
Camila llevaba un vestido blanco que resaltaba mucho su piel morena y su pelo negro, ceñido y escotado.
María llevaba un vestido fucsia que también marcaba su bronceado, llevaba el pelo recogido en un moño y los labios de color fresa.
Nicolas nos hizo un bonito cumplido a todas y nos marchamos.

La fiesta fue divertida, alcohol, baile con desconocidos y esas cosas, pero llegado a un punto no me encontré bien, estaba mareada y tenía ganas de vomitar, puede que demasiado alcohol, posiblemente.
La cabeza me daba vueltas y deseaba no haber bebido tanto, no quería estropearles la fiesta a Camila y a María, así que me decidí a marcharme andando y les envié un mensaje. El cielo estaba un poco nublado, las típicas lluvias de principios de octubre, finales de septiembre, suponía. Hacía un poco de frío y empecé a ver como pequeñas gotas iban cayendo al suelo. Me gustaba la lluvia, así que como no vi a nadie por la calle empecé a cantar y bailar como Gene Kelly I'm singing in the rain.
Estaba empezando a gritar en vez de cantar cuando vi a Gaylord. Me agaché detrás de un banco para que no pudiera verme. Iba con una chica, bastante guapa, morena, con los ojos verdes y el pelo castaño.
-Cuídate, guapo, no quiero que pilles una pulmonía.-le dijo aquella chica, que debía ser su novia. La chica entró en la casa y él se marchó. Parecía más joven que él, quizás 16 años.
Gaylord se quedó mirando el banco fijamente y pensé que me había visto, pero siguió caminando hacia delante. Cuando desapareció de mi campo de visión me levanté del suelo y seguí cantando.
Noté que alguien se acercaba a mí y dejé de cantar, estaba un poco borracha, pero no lo suficiente como para no avergonzarme.
El chico me seguía, iba justo detrás de mí y empecé a sentir miedo. Chicago no era una ciudad pequeña y había asesinatos, robos y esas cosas, era más que posible que me quisiera violar.
Empecé a correr y el chico me cogió.
Empecé a chillar y el chico me tapó la boca, yo le mordí y vi como salía la sangre de sus manos.
-No sé te puede hacer una broma, mierda, como duele.-dijo Gaylord detrás de mí.
Empecé a reírme.
-Te lo merecías.
-Siempre que te veo estás mojada.-dijo mirándome. Yo estaba completamente empapada, pero ya me había acostumbrado a esa sensación.
-Siempre que te veo estás de mal humor.-dije yo a su vez.
-Eso no es cierto, y si lo estoy es porque con la lluvia no puedo fumar.-dijo él mientras se miraba la mano.
-¿Quieres que seamos hermanos de sangre?-le pregunté mirándole la mano.
-¿A qué te refieres?-me preguntó él.
-Muérdeme la mano, luego nos damos la mano y seremos hermanos de sangre.-dije yo.
-Estás loca.-dijo él con su sonrisa torcida.
-Venga, no seas gallina.-le dije yo.
-Vale.-dijo él, yo sabía que eso me iba a doler, pero me daba igual estaba enamorada, enamorada hasta lo más profundo de mi corazón y con tal de poder darle la mano tan solo un segundo me daba igual tener una cicatriz de sus dientes.
Le tendí la mano y él me mordió. El dolor era intenso, muy fuerte, apretaba los dientes para no chillar.
-Dame la mano.-le dije intentando disimular el dolor.
Me tendió la mano, era fuerte y no noté el dolor.
-Ya está, somos hermanos de sangre.
-Ahora hay que dejar que lo limpié la lluvia.-le susurré.- Siéntate en el suelo.
Él se sentó.
-No, esto hay que hacerlo en el número 7 de la calle.-le dije yo.- Si lo hacemos, lo hacemos bien.
-Enserio, estás fatal.-me dijo él mirándome a los ojos.
-Aquí.-dije yo señalándole el portal 7.
Yo me tumbé y él se sentó mientras miraba el cielo.
Saqué la lengua dispuesta a saborear las gotas de lluvia y miré a Gaylord.
-Creo que ya sé tu nombre.-le dije a Gaylord.
-¿A sí? ¿Has estado leyendo?-me preguntó.
-No, empezaré dentro de poco. Pero creo que ya lo he descubierto.-dijo yo con una sonrisa de picardía.
-Yo tampoco sé tu nombre.-me dijo él. Había parado de llover y encendía un cigarro.
-¿Te lo digo?-le pregunté acercándome a él. Él se apartó.
-Sólo si quieres, si no te pondré un nombre absurdo, como Gaylord.-me dijo con su sonrisa torcida.
-Amelia, me llamo Amelia.-le dije.- Estudias literatura, ¿verdad?
No respondió, siguió fumando. Le quité el cigarro y empecé a fumar.
-¿Qué haces? No sabía que las chicas pijas como tú fumaran.-dijo él, intentando quitarme el cigarro. Me gustaba fumar de él, porque sentía que saboreaba sus labios, los labios que se habían posado en ese cigarrillo. Me despisté y me quitó el cigarrillo.
-Yo no soy pija.-le dije.
-Mira como te vistes, como hablas, eres pija.
-Te equivocas, confundes ser pija con ser normal. ¿Tú que eres?
-Yo soy bohemio, está claro.-dijo él.
-Me voy.-dije tras unos minutos.- Nos vemos en la universidad.
-Adiós, Amelia.-dijo él, se levantó y se fue.- Un momento, me debes un cigarro.
Me reí y me marché.
-Acabarás dándomelo.-dijo él.
Llegué a casa empapada, me duché y me metí en la cama. Me miré la marca de la mano y suspiré. La cantidad de tonterías que se hacían por amor. Pensé que sería lo que estaría haciendo Gaylord en este momento y leí un poco de Romeo y Julieta. Cuando me desperté tenía el libro de Romeo y Julieta debajo del culo y ya eran más de las once de la tarde.
Me fui de compras y me compré un par de cosas para impresionar a Gaylord, Camila me acompañó y me aconsejó cada prenda y cada bolso. Nos gastamos bastante dinero, pero estaba dispuesta a cambiar. Entramos en una tienda de tatuajes y piercing y me hice un piercing en el ombligo.
Le dimos un paseo a Lidia y mientras tanto imaginaba la cara de Gaylord mientras yo aparecía ante sus ojos con toda aquella ropa. He oído mil veces que quien te quiere no te cambia, pero yo quería hacerlo y estaba demasiado enamorada como para evitarlo.

Capítulo 45 aquí.

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