sábado, 8 de septiembre de 2012

Capitulo 45

Estaba provocativamente apoyada en la pared cuando apareció Gaylord con su pitillo. Levantó las cejas y se quedó boquiabierto.
Me había puesto unos zapatos de tacón rojos, una falda de rayas con vuelo y una camiseta rojo ajustada y un poco escotada. Me había pintado los labios de color rojo y me había ondulado el pelo para parecer más sexy. 
En vez de una mochila había traído un enorme bolso que estaba en el suelo, cogí el bolso saqué un paquete de cigarros y empecé a fumar intentando hacerlo de la forma más sensual posible.
-Bueno, entonces aclárame una cosa, ¿si antes era pija, qué soy ahora mismo?-le dije con una sonrisa torcida como muchas de las suyas.
-Tú ganas.-dijo tras dar una calada al cigarro con una de sus sonrisas.
-¿Y bien?-dije dando una vuelta sobre mi misma.
-¿Bien qué?-dijo él levantando las cejas.
-Déjalo, eres un caso perdida.-dije yo desesperada, ni un cumplido después de todo el esfuerzo para demostrarle que no era pija.
-Te queda bien el modelito de pija.-dijo después de mirar mi cara de desesperación.
No me dejé ilusionar y le sonreí.

-Gracias.-dije y me fui sin dejar de sonreírle a todo el mundo, estaba rebosando felicidad.
Después de unas cuantas clases llegó la hora de comer, salí corriendo por el pasillo. Desde que había salido de casa esa mañana todos los chicos con los que me había topado me miraban embelesados o silbaban.
Odiaba que solo se fijaran en mí por ir maquillada y bien vestida, pero así era la vida.
-¿Ha funcionado?-dijo Camila con una sonrisa expectante.
-Sí, ha dicho que me quedaba bien.-dije yo con una sonrisa.
-¿Es ese de ahí?-dijo Violeta siguiendo con la mirada a Gaylord.
-Sí.-dije yo.- ¿Os conté lo que pasó el otro día?
-¿Qué pasó?-dijo Camila emocionada.
-Le mordí la mano y él me la mordió a mí y ahora somos hermanos.-dije yo emocionada.
-Cariño, ¿qué has tomado para desayunar, vodka?-dijo Camila.
-No, hermanos de sangre, ya sabéis.-dije yo.
Nico se echó a reír.
-Yo hice eso cuando era pequeño con un amigo, aún tengo la cicatriz.-dijo el enseñando su mano.
Yo les enseñé la mía y vieron la pequeña costra que había en mi mano, aún no había cicatrizado.
Me giré para mirarle, estaba sentado escribiendo en su cuaderno. Tenía cara de concentración y no quise molestarle.
-Sólo hay un problema.-dije triste.- Tiene novia. El día de los hermanos de sangre le vi con una chica.
-Puede ser una amiga.-dijo Violeta.
-No, creo.
-Tienes que pedirle una cita.-me dijo Camila.
-¿Tú crees?-dije yo emocionada.
-Sí.-dijo ella.
Gaylord me estaba mirando.
-Venga, ve a hablar con él.
-Vale, ahora voy.-dije yo levantándome de la silla y caminando hacia su mesa. Me daba la sensación de que todo el mundo estaba pendiente de mis pasos. Me senté en su mesa.
-Te llamas Will, ¿verdad?-dije yo. Él no me respondió, me seguía mirando.- Como William Shakespeare. Me gusta tu nombre.
-Me empezaba a acostumbrar a Gaylord.-dije él sonriéndome, esta vez la sonrisa no era torcida y era preciosa.
-¿Puedo hacerte una foto?-le pregunté.
-No, no pienso sonreír, ha sido un momento de amabilidad, no lo estropees.-dijo él serio.
-Perdón, señor cascarrabias. Me preguntaba si querrías quedar conmigo esta tarde.
-Me confundes, no quiero ser tu aventura.-dijo él mirándome la mano.
-¿A qué te refieres?-le pregunté yo.
-A tú anillo, es de esos de compromiso. Los he visto mil veces en las películas.
-Te espero a las cinco en Springbrook.-dije yo y me levanté. Él abrió la boca pero no le dio tiempo a rechistar.
-¡Chócala!-dijo Camila levantando la mano. Le choqué las cinco y me volví a sentar.
-¿Dónde habéis quedado?-preguntó Violeta.
-En las praderas de Springbrook.-dije yo.
-Perfecto.-dijo Camila levantándose.
Todos la imitamos, avisamos a María que estaba sentada en la mesa del pegote rubio y nos subimos al coche tras caminar hasta el párking.

Eran las cinco y estaba sentada donde había visto a Will las últimas veces.
Bajo la sombra de un árbol empezaba a pensar que no vendría así que decidí aprovechar para bañarme y mientras me quitaba la camiseta apareció.
-Eres una exhibicionista, ¿lo tenías todo preparado, verdad?-me dijo él.
Me reí a carcajadas. Y muy sensualmente seguí quitándome la camiseta, le miraba a él, le di vueltas a la camiseta mientras movía las caderas y se la tiré a la cara. Me quité los pantalones de la misma forma y con la misma sensualidad y se los volvía lanzar.
-Soy una stripper en prácticas, tengo que practicar la puntería.-le dije con una sonrisa.
-Estabas deseando fastidiarme, no lo niegues.-dijo él con esa sonrisa preciosa que solo mostraba a veces.
Por mí mente pasó una gran idea.
-¿Puedes abrocharme bien el bikini?-dije señalando el lazo que había en la parte trasera del bikini. Estaba muy cerca del río, aquel día no había mucha corriente y me mojaba los pies tranquilamente.
Él dudó, pero finalmente se acercó a mí y me desató el bikini y me lo volvió a atar.
Estaba acabando de atar el lazo cuando le agarré la mano y me tiré junto a él al río. Sabía que él se había dejado, porque de ninguna de las maneras hubiera conseguido tirarlo al agua.
-Yo que tú tiraría la ropa a la hierba.-dije yo señalándole. Estaba vestido y se había tirado vestido.
Se quitó la camiseta rápidamente y hizo lo mismo con los pantalones. Los tiró a la orilla y me miró.
-Estás loca de atar.-dijo él.
-Querías bañarte conmigo.-dije yo.- Y lo sabes.
Estábamos cerca, pero él se alejó se hundió. Me cogió de los pies mientras se sumergía y me caí completamente al agua.
-Espera, te he traído aquí para algo.-dije yo.
Salí del agua y volví con una botella de cristal con tapón de corcho incluido.
Metí el anillo en la botella y le puse el tapón. Le puse en las manos la botella.
-Ya no estoy prometida, Leo y yo rompimos hace un mes.-dije yo triste.- Tira la botella.
-Amelia, este anillo vale mucho, lleva un diamante. ¿Estás segura de que quieres que lo tire? Puedes venderlo y ganarás un dinero.
-Podría hacerlo, pero entonces no sería ni divertido ni romántico e iría contra mi ley de vida.
Él se rió. Quería besarle allí mismo y decirle que se casara conmigo que podíamos aprovechar el anillo, pero tenía la sensación de que me diría que no.
Él me cogió una mano y me la colocó en la botella. Cada uno tenía una mano puesta en ella.
-1, 2, 3 y… ¡Ya!-dijo él. Soltamos la botella y vimos como iba flotando hasta algún lugar donde se quedaría encallada y alguien la encontraría con gran ilusión.
Los dos salimos del río y yo me tapé con la toalla, una vez seca decidí tomar un poco el sol y la escampé por la orilla. Estaba cansada y me dormí.
Cuando me desperté él seguía allí, notaba su respiración cerca, no quería abrir los ojos. Me estaba acariciando, su dedo recorría todas mis curvas y me resultaba relajante. Cuando pasó por mi pie intenté no moverlo por las cosquillas y lo conseguí.
-Creo que voy a violarla aquí mismo.-dijo Will bastante alto.
-No.-dije yo abriendo los ojos.
-Sabía que estabas despierta.-me dijo él.
-¿Has venido en coche?-le pregunté.
-No, he venido nadando si te parece.-dijo él sarcástico.
-¿Nos vamos?-le pregunté, mientras me incorporaba.
-Sí.
-¿Me ayudas?-le dije dándole la mano. Él sonrió con picardía.
-No.-dijo mientras salía corriendo. Cogí mi bolso, su mochila y mi toalla. Metí la toalla en mi bolso y salí corriendo tras él.
-Will, yo que tú me quedaría quieto, tengo tu mochila.-pero él no paró hasta llegar a donde estaban los dos coches aparcados. Subí a mi coche y arranqué.
-No me puedes dejar aquí.-dijo él.
-Te avisé.
-Venga, Amelia, sé que estás loca por mí. Si me llevas duermo contigo y por una tarifa mínima te hago el amor.-dijo él con una sonrisa provocativa.
-¿De cuánto estamos hablando?-pregunté yo.
-Sabiendo que es toda la noche porque no me darás las llaves de mi esquina, unos 100 euros.
-Creo que no.-dije yo mientras me abrochaba el cinturón.
-50.-dijo él.
-Mmmh, no.
-Gratuito si me llevas a la universidad.-dijo él.
Me quedé pensativa, o al menos intenté parecerlo.
-Sube.-dije yo seria.
Él subió corriendo y me sonrió.
-¿Dónde vives?-dije mientras conducía.
-¿No quieres que duerma contigo?-dijo él poniendo una mirada falsa de cachorrillo indefenso.
Me reí.
-Venga, dime donde vives.-le dije yo.-
-Te lo diría, pero no quiero que me tengas localizado, prefiero que pienses que vivo en las esquinas o en la fábrica de chocolate.
-Está bien, dormirás en el sofá.
Él encendió el cigarro y sonrió.
-¿Cómo conseguiré mi coche?-me preguntó.
-¿No tienes una novia?-le pregunté.
-No.-dijo él con una mirada triste. Por un momento me pareció haberle herido, pero pensé que aquello era una tontería.
-Pues tendrás que venir conmigo un día.-dije yo.- Y con Lidia.
-¿Quién es Lidia? ¿Una posible clienta quizás?-dijo con una sonrisa torcida.
-Si admites perros entre tu clientela, sí.-dije yo riéndome.
-Hay que abrirse a nuevos mercados.-dijo él.
-Dios, que asco de tío.-dije yo sin mirarle.
Él se volvió a reír.
-¿Quieres que me disfrace de pijo para esta noche?-me preguntó.
Me reí.
-No hace falta, tú ya eres pijo.-le dije.
-No me tientes, soy capaz. No eres la única que hace cosas así por orgullo.-me dijo él.
-No te reconozco, hasta parece que estás de buen humor.
Él se volvió a poner su sonrisa torcida.
-Uy, la echaba de menos.-dije mientras aparcaba en el parking.
-¿Es aquí?-dijo mirando el subterráneo.
-Sí, ¿a qué es ideal, ves el coche azul? Queremos usarlo de cocina y el verde estamos pensando ponerlo de baño.-dije yo.
-Muy graciosa.-dijo él.
-Ya te puedes ir a tu casa.-le dije señalándole la puerta de salida.
-¿Y nuestro trato? Me niego a ir en autobús.-dijo dándole una calada al cigarro.
Le quité el cigarro y le di otra calada.
-Me pones nerviosa.-le dije.
-¿Yo?-preguntó extrañado.
-Empiezo a pensar que eres retrasado, tú no, la pared.-dije yo.
-Mi madre me decía lo mismo.-dice él con una mirada teatral al cielo.
-Venga, pasa.

Todos conocieron a Will y aunque no era muy hablador y se comportó como solía a nadie le disgustó.

Estaba tumbada en la cama acabando de leer las últimas páginas de Romeo y Julieta cuando apareció Will.
-¿Tienes sábanas? Me estoy helando de frío.-dijo él, quise decirle que no se preocupara que podía dormir conmigo, que le abrazaría y le besaría para que no pasara calor, pero me contuve.
-Sí, te acompaño, están en un armario en el trastero.-dije levantándome.
Fuimos caminando hasta el trastero y empezamos a buscar sábanas entre todas aquellas mantas. Me di contra todo el estante.
-¡Au! Duele, duele mucho…-dije yo.
-¿A ver?-dijo examinando mi frente.- Cura sana, cura sana, si no se cura hoy se curará mañana.
Se rió y me miró.
-Muchísimo mejor.-dije irónica.
-Lo suponía.-dijo él.
Le besé, no podía resistirme a besarle. El beso era perfecto, sonará a excusa pero aunque lo describa no será suficiente. Era un beso de cuando estás enamorada y llevas semanas soñando con él, crees que estás soñando, que has muerto y has ido al cielo y ese es tu regalo, eres feliz.
-¿Qué haces?-me susurró.
-Darte un beso de buenas noches.-dije con una mirada de culpabilidad, con los ojos muy abiertos.

Nos quedamos unos minutos en silencio. Él se acercó a mí y también me besó, él suyo fue más apasionado, más brusco y duro, como él. Me empujó hacia la pared y siguió besándome. Quería más, quería mucho más, pero de repente paró, como si hubiera recordado algo.
-No te lo voy a poner tan fácil.-dijo él con una sonrisa y se marchó con una manta.
-¿No buscabas sábanas?-le pregunté.
-Ha habido problemas, me he enamorado de una manta.-dijo él sonriéndome, con su maravillosa y increíble sonrisa.

Capítulo 46 aquí.

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